viernes, 30 de enero de 2015

Polvo enamorado






Antes he hablado de ese afán humano de trascendencia, y en otro post referí tres enternecedoras imágenes de Oriente y Occidente, en las que el amor reta y vence a la muerte. Guan Daosheng,  poetisa china, termina un poema diciendo:
   Así en vida dormiremos sobre la misma manta
    y tras dejar el mundo nos enterrarán juntos para reposar.

Al otro lado del mundo y 500 años después, Shakespeare escribe de esta forma su lance ante lo ineludible, en su magnífico soneto 65:

Si la muerte domina al poderío
de bronce, roca, tierra y mar sin límites,
¿cómo le haría frente la hermosura
cuando es más débil que una flor su fuerza?
Con su hálito de miel, ¿podrá el verano
resistir el asedio de los días,
cuando peñascos y aceradas puertas
no son invulnerables para el Tiempo?
¡Atroz meditación! ¿Dónde ocultarte,
joyel que para su arca el Tiempo quiere?
¿Qué mano detendrá sus pies sutiles?
Y ¿quién prohibirá que te despojen?
Ninguno, a menos que un prodigio guarde
el brillo de mi amor en negra tinta.
Inmortalidad a través de las palabras que se quedan, y celosas guardan el sentimiento de quien ha partido en lo físico pero no en la aspiración de haber tocado el infinito.
Ejemplos de esta aspiración existen en todos los lugares y los tiempos, pero hoy refiero uno que es particularmente hermoso, del incomparable Quevedo. Ya antes me he referido a él en su faceta satírica e ingeniosa, pero como maestro consumado del arte del soneto, compuso también una gran cantidad de estas pequeñas obras maestras con los temas del amor, la fugacidad del tiempo y la muerte. Pero en su “Amor constante más allá de la muerte”, plasma una imagen tan hermosa de su desafío ante la inexorable eternidad que todo lo hace pasar, que no puede menos que conmovernos:
   Cerrar podrá mis ojos la postrera
   sombra, que me llevare el blanco día,
   y podrá desatar esta alma mía
   hora, a su afán ansioso lisonjera;

   mas no de esotra parte en la ribera
   dejará la memoria en donde ardía;
   nadar sabe mi llama la agua fría,
   y perder el respeto a ley severa.

   Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
   venas que humor a tanto fuego han dado,
   médulas que han gloriosamente ardido:

   su cuerpo dejarán, no su cuidado;
   serán ceniza, mas tendrán sentido.
   Polvo serán, mas polvo enamorado.


Shakespeare quiere que sus palabras queden, aunque sabe que su numen perecerá; pero Quevedo va más allá en su bravata y declara que ningún ocaso podrá extinguir su amor, así su antiguo contenedor se convierta en polvo.
Eternidad: ese momento de reconocimiento, de ojos abiertos en que el alma vence al tiempo, de una vez y para siempre. Y el “para siempre” deja de tener sentido, o quizá toma nuevos sentidos, incomunicables salvo por la poesía, o el silencio.



martes, 27 de enero de 2015

Robinson cruzó




Un caballero se ha perdido entre los peces
de entre un buque lleno de ingleses elegido.
Si esta isla no esperaba un habitante
llega este tunante sin abrigo.

No se salvaron ni arpones ni navajas
y el sol no me lo quita este gorro de paja.
Me acabo las palmeras con las cuentas:
¡Cuántas, cuántas veces treinta!
¿Cuántas, cuántas aún me quedan?

Y voy dejando huellas en la arena
que van contando lentamente la condena.

Huellas en la arena,
y en la playa no hay castillos de Robinson Crusoe.
A la vista a veinte leguas no hay sino nubes y algas.
¿Qué tan lejos,
qué tan lejos Robinson cruzó las aguas?

Pronto se pierde aquí la cuenta de los días
Esperando que algún viernes te sonría.
A noche y luna les pregunto, ¿cuándo, cuándo?
Y a veces creo ver flotando un barco entre la bruma.

Huellas en la arena
van la mar tras de la última cena.

Huellas en la arena
y en la playa no hay castillos de Robinson Crusoe.
A la vista a veinte leguas
no hay canoas,
no hay un buque que en la noche muestre sus linternas.
Sólo hay algas,
sólo hay algas que hacen trampa, que me engañan con sus formas.

¿Dónde, dónde, dónde?
Lejos
Robinson cruzó las aguas.